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Sobre el litigio de los objetos del Museu Diocesà de Lleida Imprimir
Escrito por J.L. Ribes   
sábado, 24 de septiembre de 2005

A raiz de la publicación del ultimatum de Roma sobre el contencioso de los objetos del Museu Diocesà de Lleida, se han podido leer y escuchar en los medios locales y nacionales algunas opiniones muy desafortunadas, fruto, sin duda, de la poca o mala información que, por diversas cuestiones y lamentablemente, disponemos en general los ciudadanos sobre este tema. Pero también es verdad que todo este asunto es más que complicado, y no sólo por toda la serie de aspectos técnicos y políticos que indiscutiblemente estan relacionados, si no también por la difusión en los medios de comunicación de la óptica totalmente particular del procedimiento jurídico canónico.


Obviamente, y como no podía ser de otra manera, con el ultimatum ha llegado la hora de la verdad. Es, com ha dicho el obispo Ciuraneta, la hora de las instituciones civiles. Nuestro gobierno parece que no se pronunciará hasta el mes de octubre. Los objetos se deben entregar a Barbastro el día 20 de aquel mes como máximo.

Pero sí que parece claro que es la hora de los ciudadanos y del debate público. Este documento, por lo tanto, aspira a colaborar en este debate i querría contribuir a clarificar algunos conceptos y a “recuperar” otros puntos de vista, que ni mucho menos son nuevos, pero que, inexplicablemente, estos días se han dejado de lado más de una vez.

Es indiscutible, en este momento, que ninguna opinión puede pretender acercarse mínimamente a un juicio justo de la cuestión sin considerar su contexto real, social e histórico, haciendo el esfuerzo que haga falta para superar el relativismo que caracteriza, desde el primer día, todo este contencioso.

Por otro lado, la clarificación de unos determinados aspectos básicos ayudará a tratar más cuidadosamente y, por lo tanto, con más utilidad este tema. Es muy necesario, ahora más que nunca, que las opiniones que se expresen sean fundamentadas. En este sentido, creemos que se deben considerar, como mínimo, los aspectos que se proponen a continuación:

Valor de los objetos en litigio. Se debe aceptar que la legislación que ampara estos bienes, establecida, tanto desde el gobierno del Estado, como desde las comunidades autónomas, hace descartar absolutamente que, en condiciones de evolución histórica normal, estos objetos puedan ir a parar algun día al mercado de arte o de antigüedades. La tasación económica, el valor monetario, que tienen atribuida, aunque se establece en referencia a aquel mercado, tiene significado únicamente a efectos de los seguros, que se contratan con el objetivo de “compensar” los posibles siniestros o deméritos que puedan sufrir estos bienes en las gestiones normales de su uso como objetos museísticos. Por lo tanto, actualmente, su valor real, efectivo, en dinero es: cero. Por otro lado, los objetos estaban en desuso litúrgico en el momento de pasar a formar parte del Museu Diocesà, a finales del siglo XIX, con lo que tampoco les es atribuíble valor litúrgico. En definitiva, es verdad que, como se afirma siempre en los medios de comunicación, el valor de las obras en litigio es “incalculable”, pero este valor, ciertamente incalculable, es de tipo exclusivamente patrimonial.

Seguramente, al obispado de Barbastro/Monzón no se le debe escapar el considerable componente legitimizador y de prestigio que es intrínseco de la valoración patrimonial de los objetos que nos reclaman.

Propiedad de los objetos en litigio. Evidentemente, nadie discute, en estos momentos, la competencia de Roma sobre este asunto porque en ningun momento se ha discutido la propiedad de la Iglesia. Pero, de qué Iglesia? de la Iglesia/comunidad de los fieles? o de la Iglesia/jerarquía exclusivamente?. Ya que nunca se ha consultado para nada a los feligreses de la Diócesis –ni tan siquiera para la segregación de las parroquias– parecería claro que quien dispone en todo y para todo es la Iglesia/jerarquía. Pero a la vez hemos oído estos días como mossèn Calvera –delegado del patrimonio de la diócesis de Barbastro/Monzón afirmaba que los objetos son de las parroquias, “pero que, está claro, se deben guardar en un museo y, naturalmente, en el de su diócesis actual, es decir, en Barbastro”; fantástico!. En todo caso, si esto es así, si los bienes son de las parroquias, son sólo del mossèn o del mossèn y de los feligreses?. Y si también son de los feligreses, se les pedirá si quieren conservar los objetos en la parroquia?. Esto es muy poco probable; seguramente que el Obispado de Barbastro, con su proverbial eficiencia, ya tiene resuelta esta “menudez”.

Por otro lado, de aquello de lo que sí podemos estar seguros es de que los bienes reclamados por Barbastro los recogió, a partir de finales del siglo XIX, el obispo Messeguer por todas las parroquias de su diócesis, Franja incluída evidentemente. Pero, podemos estar seguros, moralmente, de la posesión originaria de determinados objetos por parte de algunas parroquias?, no han dicho en más de una ocasión los historiadores que a raiz de la derrota de 1707 y de la subsiguiente ocupación militar de la Seu Vella muchos bienes litúrgicos de la vieja catedral fueron distribuidos por las parroquias de la Diócesis de Lleida, Franja incluída?; cómo se explica de otra manera, y a modo de ejemplo, la presencia de una obra tan costosa en su época como el retablo de Jaume Ferrer I en un pueblo entonces tan pequeño como Binaced?. Ni el Obispado de Barbastro/Monzón, ni el Vaticano, han dado nunca muestras de ningun tipo de sentimiento por esta posibilidad cierta de que entre los objetos reclamados haya algunos que provengan de la Seu Vella.

Realmente, para el debate y el análisis, seguramente será más fructífero considerar, en lugar de la propiedad, el concepto de la procedencia de las obras, aceptando incluso, a pesar de que tampoco este sea un tema cerrado, que su origen primero sean las parroquias de la Franja. Al fin y al cabo, tanta Diócesis de Lleida era Santa Maria de Tamarit, como la Seu Vella o como Binaced, y además, en último término, si es Roma quien dictamina, también podríamos afirmar, desde el punto de vista seglar, que adscribir los bienes en cuestión a la Diócesis de Lleida o a la de Barbastro, no implica, en el fondo, ninguna modificación de la propiedad. En cambio, como veremos, la consideración de la procedencia sí que está radicalmente relacionada con el valor patrimonial de los objetos de la Franja.

Expolio. Así ha sido calificada alguna vez la formación del Museu Diocesà de Lleida por algunas voces de Aragón.
Se ha explicado suficientemente en diversas ocasiones cómo el obispo Messeguer recoge de las parroquias de la Diócesis todos aquellos bienes con interés artístico i/o histórico que estuvieran fuera del uso litúrgico para formar el Museu del Seminari de Lleida, origen del Diocesà. Talmente el caso de Vic, protagonizado por el obispo Morgades. Estos dos museos diocesanos son de los más antiguos del estado español, el de Vic se inauguró el año 1892 y el de Lleida en 1893.

Todos los diocesanos se han formado de la misma manera, con la recolección de los objetos de sus diócesis, es decir, de su demarcación territorial, natural y legal; en definitiva, como la inmensa mayoría de museos regionales de todas partes, con los objetos procedentes de la demarcación territorial que les es propia y ubicados en su nucleo poblacional central, el cual, precisamente por su centralidad –capitalidad–, disponibilidad de recursos y capacidad de gasto, garantiza la conservación y el servicio social –patrimonial– a su comunidad; servicio social que no es otro que el uso museístico.
Expolio, por lo tanto, es deshonesto emplearlo para referirse al caso del Diocesà de Lleida.

Otra cosa son algunos grandes equipamientos que se han nutrido con fondos procedentes del aprovechamiento especulativo de las graves coyunturas políticas que han padecido determinados estados del sur de Europa, del norte de África o de Oriente Medio, cuando no directamente de botines de guerra. En este sentido, en el estado Español el archivo de Salamanca es paradigmático, evidentemente.

Comparar el Museu Diocesà de Lleida con el archivo de Salamanca solamente puede hacerse desde la ignorancia o desde la mala fe. La misma directiva del ICOM –órgaon europeo competente en materia de museos– que establece la necesidad del mantenimiento de la integridad de las colecciones museísticas, caso de la diocesana de Lleida, establece la ilegalidad de las formadas irregularmente, como por botín de guerra, caso del archivo de Salamanca.

Por cierto, la ley del patrimonio cultural aragonés (Ley 3/1999) se acoge expresamente, en su preámbulo, a las normas de la UNESCO y, por lo tanto, también a las del ICOM.

Presunción de inocencia. La evolución del proceso canónico contra el museo Diocesà de Lleida ha conducido al extremo de tener que demostrar documentalmente –con facturas, y a partir de 1893!– la propiedad del museo sobre los objetos reclamados. Este hecho, desde el ejercicio laico de la profesión, es inaudito. En su contexto histórico, el Diocesà de Lleida, como el de Vic y como los de todo el mundo, es del todo regular y, en todo caso, es la parte demandante la que tendría que demostrar presuntas irregularidades. No es honesto hacer justificar de esta forma al Obispado de Lleida la tenencia de sus fondos de arte. Ningun museo comparable al Diocesà de Lleida puede ser obligado a demostrar documentalmente la propiedad de los objetos de su fondo a requerimientos de terceros; objetos que proceden, regularmente, del ámbito territorial que le era propio y del momento de su formación. En definitiva, y de acuerdo con toda la normativa nacional e internacional, es el propio hecho museístico, originario y consolidado, que justifica la tenencia y el derecho del Diocesà de Lleida sobre todas las obras de su fondo. 

Las expresiones de reconocimiento y gratitud por la recuperación, la conservación y los gastos en restauración manifestadas en diversas ocasiones por algunos medios de Aragón y también por parte del obispado de Barbastro/Monzón al Diocesà de Lleida, y de las cuales se ha hecho eco la prensa local, son de un cinismo lamentable. El Diocesà, recupera, conserva y restaura porque es su obligación básica y primera; porque el Diocesà era – con todos claroscuros que se quieran– y es aún un museo, cosa que también se ha puesto en cuestión alguna vez, y no solamente desde Aragón, desgraciadamente.

Las difíciles denominaciones. Cuando nos referimos a este asunto, frecuentemente utilizamos expresiones como: “... las piezas de arte que nos reclaman los aragoneses”, “ ... que nos pide Aragón”. Evidentemente, la gente de Aragón, los aragoneses, tienen poco que ver en todo este lamentable asunto.

Seguramente que, como la mayoría de catalanes, estan mucho más preocupados por otras preocupaciones “realmente importantes” de su vida cotidiana. Se debería intentar no generalizar y procurar precisar los protagonistas reales del contencioso simplemente por una cuestión de objetividad, y también de justícia. La parte demandante es única y exclusivamente el obispado de Barbastro/Monzón, aunque con el apoyo político, mediático y “moral”, eso sí, de la Diputación General de Aragón, y también de la prensa aragonesa en general; que en definitiva no es poco, realmente.

Comentario aparte se merecen las expresiones del tipo “... las piezas de Aragón de los pueblos de la Franja” o “... de los aragoneses de la Franja”. Seguro que a mucha gente de la Franja les debe parecer que no sabemos como llamarlos, y tienen razón; y esto debe doler. Debe doler mucho porque evidencia que inexorablemente se va consumando el proceso de un antiguo proyecto de anexión y de absorción cultural, y que estan olvidados y abandonados desde los dos lados de su franja.

La Franja, seguramente, es el tema central en estos momentos en tanto que da sentido, en último término, a la voluntad de mantener la integridad de la colección diocesana de Lleida.

La Franja representa la vieja cuestión de los límites y, en nuestra casa, en Ponent, los administrativos, los eclesiásticos y los lingüísticos y culturales simplemente no coinciden, y esto, que todo el mundo sabe, parece que no cuenta en la gestión de este contencioso. Pero, para mucha gente de la Franja y de Ponent sí que cuenta, y no poco.
En Ponent, quien quiera puede vivir diariamente la experiencia de estos límites administrativos, lingüísticos y culturales, y todas sus incongruencias.

Nosostros vivimos cada día la realidad de una “zona de frontera” que ha sido determinada, como siempre, a espaldas del pueblo. Lleida es la capitalidad milenaria de una región natural muy concreta y para la gente de la Franja aún continua siéndolo en muchos aspectos, afortunadamente y por muchos años.

Con los de la Franja compartimos los equipamientos de ocio, los culturales, los servicios, los mercados, el comercio; y en el campo, la vecindad de las tierras y las preocupaciones. Las relaciones familiares se establecen permanentemente entre un lado y el otro de las rallas. Sus viejos se curan o mueren al lado de los nuestros en los hospitales de la ciudad. Y no hay, aún, ninguna franja ni ninguna ralla en estas relaciones, es bien cierto. Afortunadamente. 

Pero ellos no son de Catalunya desde la división provincial de mediados del siglo XIX. Los niveles de uso del catalán en sus pueblos y ciudades superan mucho a los del Principat, pero sus niños no pueden aprendee en el idioma de sus padres porque aquella Ley de Lenguas que les prometieron no acaba de llegar nunca, al contrario, se va aplazando día tras día y año tras año ... Tampoco oir misa pueden hacer, en la lengua de sus padres; y esto a pesar del Concilio Vaticano II.
Entre los años 1995 y 1997 la jerarquía eclesiástica segregó las parroquias de la Franja de la Diócesis de Lleida para entregarlas a la de Barbastro/Monzón.

Ahora, por lo tanto, ya sólo falta traspasar los “tesoros”, a Barbastro; al fin y al cabo, dicen, “solamente estan en depósito” en el Diocesà de Lleida.

Es natural que ahora quieran los “tesoros” de la Franja, porque realmente son muy importantes: se trata del testimonio material de un pasado compartido con nosotros, de unos objetos de arte referentes de la memoria histórica.
No hace muchos días, justo antes de la publicación del ultimátum de Roma, se publicaba en la prensa local y nacional la carta de una persona de la Franja en la que expresaba su deseo de que los objetos de arte reclamados al Diocesà se quedaran en Lleida ya que, decía, “en el Museu de Lleida es donde deben estar”, refiriéndose a la nueva sede del Diocesà, actualmente en construcción.

Efectivamente, este deseo expresado desde la Franja es la cuestión, porque además de legítimo y justificable desde el punto de vista geográfico, social y cultural, es verdadero también desde el punto de vista científico museológico y nos plantea directamente la función social del patrimonio.

Los objetos reclamados son patrimonio histórico de la Franja, de donde proceden. Forman parte, por lo tanto, de nuestro discurso histórico: La Franja, la Diócesis, la ciudad y toda la Plana de Lleida son su contexto propio, artístico, histórico, geográfico y social, porque los produjo, los utilizó durante siglos y, finalmente, porque los ha sabido conservar.
El valor patrimonial y, por lo tanto, el servicio público que comporta el hecho museístico, corresponde a –es de– la región de procedencia de los objetos.

Sin los objetos en litigio, la función social del nuevo Museu de Lleida difícilmente revertirá en la Franja. Si finalmente no se detiene la fragmentación del Diocesà, además de la pérdida patrimonial, podemos dar por hecho que los objetos de la Franja acabaran en Barbastro, y Barbastro no tiene discurso histórico para la gente de la Franja.  

 

 

Hace años, desde la Diputación de Lleida y también desde la Paeria, se ofrecieron propuestas de solución, atrevidas y progresistas, a la administración aragonesa y al obispado demandante. Propuestas que consideraban adecuadamente el tema de la Franja.

Desgraciadamente solo se recogió silencio, tanto por parte de Barbastro, como de la DGA.

Sea como sea, la vía eclesiástica se ha acabado y si no somos capaces de impedirlo el próximo 20 de octubre, como fecha máxima, los objetos reclamados por el obispado de Barbastro/Monzón se tienen que entregar. Y se tienen que entregar, dice el decreto del Vaticano, independientemente de los nuevos recursos que, a partir de ahora, pueda presentar el Obispado de Lleida!

Es posible ahora la vía judicial civil que tantas veces se ha reclamado?

Realmente, el estatus de Patrimonio Cultural Catalán de que goza la colección diocesana de Lleida adquiere en estos momentos unas connotaciones de ironía bien dramática.

 

Josep Lluís Ribes
Arqueólego

Permitanme, al final, un comentario en tono distendo. No hace mucho, navegando por internet a la búsqueda de noticias y comentarios sobre el contencioso, me encontré uno que, pienso, vale realmente la pena. Dice, un joven de Barcelona:

Yo a los aragoneses les propondría cambiar la Vall d’Aran por la Franja. Genial !!!

 
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