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No estaría escribiendo estas líneas, de no haber leído el final —con estrambote— de un artículo que publicó en este diario, el escritor Sr. Juan Bolea, el día 12 de este mes. Un final innecesario, incoherente y hasta malintencionado ya que el artículo trataba de las 113 obras de arte de las parroquias de la Franja, ahora en el Museo Diocesano de Lleida. Haciendo una pirueta en el vacío, decía así: “Mientras, en Aragón seguiremos enseñando catalán. Lástima que esa lección no eduque a casi nadie”.
Uno empieza a estar harto de repetir por enésima vez que el catalán es la lengua propia de una parte de Aragón, a no ser, y no es en absoluto mi caso, que se piense que La Franja no es de Aragón. Decir catalán y Cataluña es lo mismo que decir castellano y Castilla, en otras palabras, no sirve para nada. Normalmente a los historiadores, salvadas las excepciones, les importan casi nada las lenguas, aún así les animo a que estudien qué lengua ha ostentado mayor actitud impositiva, ¿el castellano o el catalán?
Qué extraño parece que de un conflicto diocesano se hable más en los foros políticos y en la sociedad civil en general, que en los círculos eclesiales o incluso eclesiásticos. Si las sentencias de la Rota no las cumplen los propios obispos, ¿para qué sirven las sentencias? Y, ¿por qué no las cumplen? Cuando un problema privado o cuasi privado se desplaza, o se absorbe por la clase política y se le considera motivador de ganancias o pérdidas de votos, el problema se vuelve irresoluble. Y si el problema atañe a dos comunidades, como es el caso, peor todavía. ¿Por qué lo han convertido en un casus belli político entre las dos comunidades? ¿Quién pretende ganar con la confrontación?
He escrito y he dicho públicamente que un pleito de estas características sólo tiene una solución que pueda contentar medianamente a ambas partes: la negociada. El todo o nada lo carga el diablo Alrededor de una mesa pueden salir mil y una soluciones imaginativas. No parece que el conflicto pueda encarrilarse en este sentido. Sólo queda un camino: la justicia civil ordinaria. El primer problema a resolver es el de quién deberá o podrá llevar el caso ante los tribunales.
Arremánguense las partes —a las partes en conflicto, me refiero— y empiecen a documentarse sobre el problema. Para la defensa, habrá que explicar y demostrar muchas y diversas circunstancias. Las obras de arte de la Franja fueron recogidas a lo largo de cien años, desafectandolas del culto en las parroquias, nunca de forma violenta y con el propósito de conservación y protección en el Museo Diocesano de Lleida. Que hasta hace diez u once años, y por un período de ochocientos, estas parroquias formaron parte de la diócesis de Lleida y ahora de la de Barbastro-Monzón, como todo el mundo sabe. ¿Por qué se llevó a término la segregación de estas parroquias? ¿No sería más correcto decir que se devuelvan las obras a las parroquias de la Franja y no a Aragón? El obispado de Lleida y los defensores de la no devolución alegan que el procedimiento de formación del museo fue diverso: compra-venta, permuta, donación, depósito, etc., etc. y siempre por motivos de seguridad de las obras (en nuestras mentes están las hogueras de la Guerra Civil, Eric el Belga y el negocio de los anticuarios). Desde el obispado de Barbastro-Monzón, que fue simplemente un depósito. Jurídicamente hablando hay muchos tipos de propiedad: una propiedad histórica desde los tiempos más remotos y detectada por las parroquias de la Franja—; otra propiedad derivada de la posesión continuada más reciente (los últimos casi cien años) por parte del Museo Diocesano de Lérida; propiedad con usufructo; nuda propiedad, etc., etc. La legislación vigente exige la descatalogación de las obras, por parte de la Generalitat de Catalunya, antes de proceder a su devolución. Agítese todo esto y algo más, e imagínense el cóctel imbebible. No piense el lector que tengo la evidencia de que una posesión es más clara i dominante que la otra en este conflicto. Lo que sugiero, es que hay que atarse bien los machos, si no se quiere salir escaldado ante una sentencia, favorable o desfavorable, de los tribunales de justicia, eso sí, a “n” años vista.
Y para terminar, no seré yo quien proponga al Sr. Bolea como posible hombre bueno de una casi imposible negociación, después de lo que dice en su artículo: “Es una pena, realmente, que Cataluña esté cayendo en manos de gente como José Montilla y Carod-Rovira”. (¡Olé por los votantes catalanes!). En un atormentado barullo, a no se quienes, llama nacionalistas, radicales, trastocadores de la historia, mentes enfermizas e iluminadas, colonizadores, amigos de lo ajeno, expoliadores, banda de corredores de arte, insolidarios, inquisidores, etc., etc. (¡Olé la gracia, Sr. Bolea, y su ecuanimidad!). Con Vd. y unos cuantos más, separamos a toda España en cuatro días. Bien es cierto, Sr. Bolea, que, ¿para qué queremos entre nosotros a esos separatistas catalanes?
José Miguel Gràcia
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