| ARCHIVO
FOTOGRÁFICO - 2 Arxiu Mas (Institut Amatller d'Art Hispànic, IAAH) |
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Jornada Peligrosa (*)
Gazeta Montanyesa. Any III, nº 183
(11 de Septiembre de 1907)
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Caldes
de Bohi, 3 Septiembre 1907
Ayer me despertaba a las tres y cuarto de la mañana para poder ir a misa, saliendo a las cinco a pie, aunque el encargado de los mulos se olvidó, hacía el pueblo de Salardú en donde se debía encontrar a los compañeros que habían encargado otras caballeráis. Como que estos estaban cansados de la jornada anterior, se llevaron, a las seis, resultando que al querer desayunar ellos y al preparar algo para el camino salimos a las ocho montados en cinco animales y otro mulo para el bagaje fotográfico que era pesado, inmenso, hasta pesaba más de 90 kilogrs. El primer trozo del camino era bueno, pero al final de una hora se fue haciendo malo, degenerando en pésimo y horrible. El escenario que se desarrollaba delante de nuestros ojos era realmente hermosísimo y delicioso. De la región de los prados verdes y los pastos rodeadas de montañas altísimas, sombreadas y pintadas de oscuro por los abetos, pasamos al bosque y al pedregal viéndose por todos lados resos de aludes, que en forma de cascadas de piedra, habían destruido árboles y tierra arrasando las montañas hasta quedar peladas su carcasa de ojo de serpiente. A las tres horas de camino ya me recordaba de la entrada del infierno explicada por Dante. De los pliegues de lss montañas salían ríos y cascadas de agua en gran abundancia formando ríos que al fondo se fundían en el Garona. Y subíamos aún más, divisándose a lo lejos las inesperadas cimas pirenaicas y el puerto de Colomers que debiamos pasar. Llegamos al cabo de una hora al Círculo de Colomers con hendidurass hermosísimas en las que quedaban lagos e ibones deliciosos. El sol en aquel moment brillaba, pero las cimas se iban llenando de nieblas intranquilizadoras; mas charlando y avanzando siempre hacía arriba dejabamos aquellos lagos paradisiacos rodeados de pedruscales y alturas escarpadas sólo habitadas por los osos y ciervos y cambiadas de un color ceniza por blanquísimos ventisqueros. Y vino la ascención al puerto. Bajamos de los mulos y siempre por entre las rocas graníticas y rodeando lo que parecía del todo inaccesible, subiendo, subiendo nos entcontramos rodeados por la niebla. Pero era el camino y era preciso avanzar. En aquel momento el mulo de la carga se espantó y después de varies caidas fue preciso paranos para dar lugar a que se pusiera la carga uno más vailente. Perdíamos el tiempo y eran las doce y media encontrándonos entre rocas y montañas peladas que en aquel momento ya me parecían que no eran peor que la del infierno dantesco. La niebla nos tapaba el horizonte y lo que dejábamos atrás nos parecía más terrible aquella región inhospitalaria. Las aguas habían desaparecido y por fin a las dos menos cuarto tocadas pasabamos el puerto y emprendíamos la bajada (2500 metros sobre el nivel del mar). Esta comenzaba mal: el camino de cabras seguido hasta entonces desapareció y el guía y yo avanzábamos para buscar un punto de bajada por entre aquellos despeñaderos. Hacía un frío terrible y a las tres de la tarde encontrábamos un lugar abrigado entre dos rocas por entre las que salía agua y nos parábamos para comer algo. Allí pasamos aproximadamente una hora que se alargó más por haber caido haciéndose contusiones el mulo de la carga. Pero era preciso bajar, pues la tarde amenazaba y estábamos lejos de todos. Perdidos por entre riscos y rocas y atravesando a menudo arroyos llenos de agua, bajábamos de la manera que podíamos por los salientes de una inmensa berrocal de rocas de todas las medidas, y siempre cantilladas, resbaladizas y enriscadas. Hacía más terrible la situación un lluvia que comenzó a caeer y que convirtió mi sombrero en una tienda y hacía más díficil la bajada. Entonces uno de los compañeros (el fotógrafo Mas) cayó de espaldas en una roca recibiendo un golpe en la columna vertebral que le repercutió en la cabeza. Hemos de pararnos nuevamente y auxiliarlo con lo que teníamos a mano (azúcar con estractot de cola) y volvemos a la bajada. Pronto son dos los inútiles (Mas y el señor Borcá que se asusta enmedio del torrente, que vamos bajando) y es preciso que yo me encargue de guiar a uno y uno de los que los manda en un rincón a lo lejos se entreveía un bulto negro que se movía y todos los rincones estaban llenos de puntos blancos: era un rebaño de más de 3000 cabezas de ganado. Pasando por el agua y saltando obstáculos me separo de la comitiva para pedir ayuda y guía al pastor, encontrándome pronto rodeado de cinco hermosos perroos que, no obstante, no mem hacían ninguna gracia. Gritando me hago entender por el pastor, que se aproxima, viene Puig y Cadafalch y Goday y le pedimos que nos saque de aquel lugar, llevándonos a Caldes de Bohi. El hombre se pone a nuestro lado y haciéndonos saltar a los tres por una cascada sobre una garganta y un precipicoi, nos lleva a reunirnos con los demás compañeros emprendiendo juntos otra bajada, peor aún que las demás a causa de la oscurdad. Por fin a las siete y media, oscuro ya del todo y estando yo sólo quién de los señores daba pruebas de ver para saltar obstáculos, hemos de decidir pararnos enviando al pastor y uno de los arrieros que llevábamos que fueran a Caldes a buscar luces para salir de allá. Faltaba aún una hora larga de camino para llegar al término del viaje y no era prudente avanzar más. De esta forma acampamos, trayendo la carga de los mulos y con el auxilio de cerillas procurando buscar una manera de acampar. Entre la oscuridad un trozo arriba pude ver un abeto y arremangándome y cayendo llego en busca de leña para hacer fuego. Justamente al lado del árbol derecho aún había otros dos otros caidos y medio podridos. Arranco un trozoy procuro bajar, debiendo recoger la carga y que iba perdiendo siempre. Se lo digo a los mozos que, como más prácticos que yo pronto tienen cerca una buena cantidad de leña. Después de mil probaturas logramos encender fuego y abrigados con las mantas, siempre llovizqueando, nos quedamos cerca del fuego apurando el poco vino que llevábamos y botelladas de agua que recogimos en el lago que teníamos debajo. Y así pasamos dos horas y media hasta que nos vinieron a buscar con dos linternas y dos velas. Subimos a caballo, por consejo de los guías y pasando por nuevas malezas y por un camino que si de día era malo de noche era peligrosísimo, a ls doce y cuarto de la noche llegabamos al establecimiento de Caldes de Bohi. Aquí se nos esperaba y los bañistas nos dispensaron una cariñosa recepción, habiendo encendido estos una hoguera den frente del establecimiento a fin de que nos sirviera de norte e iluminase algo la hondonada donde está el establecimiento. Dice que de ahora en adelante lo pasaremos mejor. Dios haga que así sea. Mañana, si Dios quiere, iremos a dormir a Pont de Suert y seguidamente entraremos en la región del Ribagorza. |